domingo, 16 de noviembre de 2008

La gente de Región ha optado por olvidar su propia historia: muy pocos deben conservar una idea veraz de sus padres, de sus primeros pasos, de una edad dorada y adolescente que terminó de súbito en un momento de estupor y abandono. Tal vez la decadencia empieza una mañana de las postrimerías del verano con una reunión de militares, jinetes y rastreadores dispuestos a batir el monte en busca de un jugador de fortuna, el donjuán extranjero que una noche de casino se levantó con su honor y su dinero; la decadencia no es más que eso, la memoria y la polvareda de aquella cabalgata por el camino de Torce, el frenesí de una sociedad agotada y dispuesta a creer que iba a recobrar el honor ausente en una barranca de la Sierra, un montón de piezas de nácar y una venganza de sangre. A partir de entonces la polvareda se transforma en pasado y el pasado en honor: la memoria es un dedo tembloroso que unos años más tarde descorrerá los estores agujereados de la ventana del comedor para señalar la silueta orgullosa, temible y lejana del Monje donde, al parecer, han ido a perderse y concentrarse todas las ilusiones adolescentes que huyeron con el ruido de los caballos y los carruajes, que resucitan enfermas con el sonido de los motores y el eco de los disparos, mezclado al silbido de las espadañas al igual que en los días finales de aquella edad sin razón quedó unido al sonido acerbo y evocativo de triángulos y xilófonos. Porque el conocimiento disimula al tiempo que el recuerdo arde: con el zumbido del motor todo el pasado, las figuras de una familia y una adolescencia inertes, momificadas en un gesto de dolor tras la desaparición de los jinetes, se agita de nuevo con un mortuorio temblor: un frailero rechina y una puerta vacila, introduciendo desde el jardín abandonado una brisa de olor medicinal que hincha otra vez los agujereados estores, mostrando el abandono de esa casa y el vacío de este presente en el que, de tanto en tanto, resuena el eco de las caballerías.
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Volverás a Región, Juan Benet

8 comentarios:

M@riel dijo...

No conocía este hermoso texto, y te agradezco tan bello regalo para una mañana de domingo. Un abrazo.

El llano Galvín dijo...

Juan Benet tiene una lectura compleja pero hermosa, sólo hay que ver este pequeño fragmento. Sorprende la escasa publicidad que ha tenido su figura, a mi entender uno de los grandes escritores españoles del siglo XX. Un abrazo!!!

Fujur dijo...

me ha gustado el texto. Benet es uno de los grandes de España, con toda seguridad. En Cataluña, a mi ver, sólo queda por detrás de Josep Pla, y ya está...

un abrazo

El llano Galvín dijo...

A Pla todavía no lo he leído, aunque me lo apunto. Un abrazo!!!

Isabel Romana dijo...

Has hecho una elección de mucha altura. Me gusta esa idea de la memoria como un dedo tembloroso... seguramente tiembla por más de una razón. Besotes.

El llano Galvín dijo...

Hola Isabel!!
A mí también me gusta mucho la idea del dedo tembloroso; creo que el pasado nunca se destapa de un guantazo dejando a la vista todo, sino que vemos retazos aquí y allá como en el estor agujereado que cita Benet.
Un beso!!

Fujur dijo...

hereje, más que hereje...

qué es eso de no haber leído a Pla¿¿¿¿ :-)

El llano Galvín dijo...

Hola Javier!!
Ja, ja, ja!!! Desde luego que soy un hereje, hay tanto que todavía no he leído... El tiempo que tenemos es limitado y tanto que leer que es difícil estar al día en todos los ámbitos. Intentaré rellenar esta laguna, aunque sé que habrá infinidad de ellas que todavía estarán descubiertas. Ya te comentaré cuando lea a Pla, lo mismo no estoy a la altura.
Un abrazo!!!